Cuando las campanas suenan

por Julio C. López

¿Cuándo deben sonar las alarmas? ¿Cuando se acabó el tiempo o cuando sucede algo fuera de control?, o ¿Cuando el peligro es real? Si suenan todo el tiempo, nos cansamos de avisos que solo molestan y dejamos de prestarle atención e incluso las eliminamos…
Molestias útiles

¿Cuándo deben sonar las alarmas? Cuando se acabó el tiempo, o cuando sucede algo fuera de control, o cuando el peligro es real. Si suenan todo el tiempo, nos cansamos de avisos que solo molestan y dejamos de prestarle atención, o las eliminamos. Una excelente ilustración de ello es nuestro cuerpo. Dios lo dotó de alarmas salvadoras. Los síntomas como la fiebre, el dolor, los granos, los estornudos —hasta las diarreas y los vómitos— son alarmas salvadoras. Claro que a nadie le interesa pasarse la vida padeciendo todos esos malestares; no obstante, si el cuerpo no nos avisa, estamos perdidos pues no podemos hacer nada al respecto. «Bueno —dirá alguno— no es necesario soportar los malestares, ¿para qué sufrir tanto? Ahora sabemos cómo desconectar las alarmas; tenemos antigripales, antihistamínicos, antifebriles, analgésicos, antidispépsicos, antidepresivos, anti…».

Quisiera sugerirle una propuesta no analgésica: si está mal, que se note; si no se nota y logra tapar bien su malestar, el peligro aumenta. Si las molestias no están presentes pero continúa la enfermedad, empieza a correr riesgo su vida. Se apagó la alarma pero no el incendio.

En este breve artículo se tratarán ciertos peligros en el ministerio, con el fin de que juntos escuchemos algunas alarmas que deben tenerse en cuenta y malestares que anuncian nuestra enfermedad. Quisiera que revisemos, utilizando todos nuestros niveles de percepción, algunos modos de vincularnos para intentar descubrir la aparición de construcciones extrañas en nuestras relaciones, que de permanecer, tienden a asegurar el progreso de cualquier enfermedad ministerial. Mencionaremos además solo algunos síntomas de enfermedades que amenazan la sana relación entre la persona y su papel ministerial, entre quienes ejercen el ministerio y la gente. Si hallamos que estas construcciones son parte de nuestro paisaje, deben sonar nuestras alarmas. Intentemos entonces escuchar algunas señales que deben ser atendidas.

1. La imposibilidad de huir

Cuando dejar lo que estamos haciendo resulta imposible, estamos en graves problemas. El pastorado, la campaña que viene, el seminario, se pueden dejar. Uno puede dejar de ser pastor de esa congregación. Puede dejar esa denominación, o el seminario o rechazar la invitación a predicar en aquella conferencia. Dejar el ministerio no es abandonar la fe ni dejar el llamado.

Alguno me dirá «¡Ay de mí si no predico el evangelio!» Sí, estas son decisiones que duelen. Pero es más doloroso cargar con un ministerio desfigurado que acaba dañando a mucha gente.

Es más cruel prolongar una decadencia interminable o sentenciar un rebaño al hambre perpetuo porque ya no tenemos nada para ellos. ¡Dichosos los que saben retirarse a tiempo!

Huir tiene sus connotaciones positivas. El Salmo 124.7 nos dice: «Como las aves hemos escapado de la trampa del cazador: ¡La trampa se rompió y nosotros escapamos!». Quien logre decir esto puede sentirse feliz. Había caído en la trampa, ¡pero pudo escapar! Huir, en este caso, es una bendición y una seguridad de que Dios lo ayudó a escapar. ¿Se puede huir de una situación ministerial? Sí. ¿Se puede abandonar un determinado ministerio? o, para expresarlo en otros términos, ¿puede ser que un ministerio, o un estilo ministerial se haya vuelto una trampa? Claro que sí.

Esto ocurre mayormente en ese tipo de ministerio muy personal, en el que todo, desde la visión inicial hasta la instrumentación de las etapas, nacen de una persona. Se torna, entonces, muy difícil de diferenciar lo ministerial de lo institucional. Empero, por nuestra salud, la de la gente, y la gloria del nombre de Dios, debe diferenciarse entre un ministerio y el Reino de Dios, entre una institución y el Reino de Dios, entre un país y el Reino de Dios. Cuando la pastoral, las cuentas, los empleados, los planes, las glorias y las pruebas, los vínculos y las posturas asumidas tienen el sello de una persona, y de un estilo personal ¡qué peligro!

Claro está que es fácil sucumbir bajo semejante peso. La imagen que se desarrolla a partir de tal cúmulo de responsabilidades y poder, es la de alguien que no puede aflojar. No puede retirarse de la escena; se ha vuelto personaje y escenario, escritor y autor de sus textos. Sin embargo, está enfermo y en peligro y debe ser atendido.

2. La distancia

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Cuando un pastor —o cualquier otro líder— logra generar tal distancia con su gente de modo que nadie se atreve a formularle preguntas personales, estamos en peligro. El pastor, ministro o líder que inventa esas posturas tan santas, tan serias o místicas que sirven como distanciamiento entre él —o ella— y los demás, hay peligro (tanto para el líder como para la comunidad que lo tiene por servidor).

En mi familia hay algunos muchachos que juegan al «rugby». Este es un juego duro, estrictamente de equipo y con reglas bastante particulares. Existe una maniobra llamada el «hand off» en la cual el jugador viene a la carrera, decidido como una locomotora, con la pelota abrazada con la izquierda y buscando la línea final como el destino de su vida. Uno con idéntica determinación le sale al cruce, buscándolo a la altura de la cintura. Llega justo para abrazarlo y detenerlo, pero no; el que lleva la pelota le mezquina el cuerpo, a la vez que extiende con destreza una mano poderosa que cae como un mazazo en la cabeza del defensor y lo derriba. Logra imponer distancia. Sigue su carrera.

Esta jugada ilustra muy bien la actitud evasiva de muchos líderes, la cual ha adquirido, en ciertos círculos eclesiásticos, un nivel y una destreza que no se llega a ver ni siquiera en las canchas de «rugby».

La distancia de la palabra

Hay una manera «espiritual» de hablar que resulta muy útil cuando se desea que nada se entienda. Lo esencial de este estilo es que a nada se le llame por su nombre. Sin embargo, este es un lenguaje y un modo que genera distancia. Nadie está preocupado, sino turbado. No hay broncas, sino decaimiento espiritual. No existen las opiniones, los que no están de acuerdo con el pastor están bajo opresión espiritual o algo peor.

Cada uno conoce los vocablos y las frases propias de su ámbito que, a modo de jerga para iniciados, oscurecen el lenguaje y enturbian el vínculo. Cuando estamos envueltos en esa atmósfera, no es nada sencillo decirle algo al pastor. ¿Quién encuentra las palabras adecuadas?

El pastor está lejos. Pobre pastor, está en peligro y ninguno de los suyos puede ayudarlo.

La distancia de la agenda

Hay tantas cosas que hacer, que uno no se anima a perder el tiempo en tonterías. El pastor tiene una agenda tan llena que no puede detenerse a hablar con nadie o es tan urgente el llamado telefónico que los presentes no cuentan para nada. Resulta tan importante aquella conferencia y son tan encumbrados esos visitantes que no hablan castellano… Se crea así una atmósfera de vértigo en la que no es nada fácil detener al pastor o al líder para que dé alguna explicación. Aun cuando uno logra acercarse, ¡lo único que logra es que lo incluyan en otra actividad!

Así, escondido detrás de una agenda imposible de detallar, el pastor se confunde con aquellos inaccesibles personajes de la ficción, que desde un papel alejado de la realidad de la gente son influencias poderosas sobre sus seguidores. Pobrecito el pastor, necesita un tiempo.

Quiero tiempo, pero tiempo no apurado
tiempo de jugar, que es el mejor.
Por favor, me lo da suelto,
no envasado adentro de un despertador.

M.E.Walsh

La distancia de la estructura administrativa

Ustedes conocen esta escena: «¿Para qué necesitas ver al pastor?, ¿no sabes que está muy ocupado? El no puede recibirte. Mira, mejor llama a este teléfono y te van a dar una entrevista con un coordinador de grupos.»

Toda iglesia tiene algún tipo de estructura administrativa, pero el modo de construirla y el uso que hacemos de ella puede lograr que sea útil para el servicio o para escondernos detrás de ella. La distancia generada por la estructura es una distancia pensada, no improvisada. Es una distancia que busca marcar la diferencia de los espacios, los privilegios, las dignidades; en fin, el poder de cada uno.

Las estructuras administrativas, cristalizan del modo más áspero lo que sentimos acerca de nuestras funciones dentro de la iglesia o de los ámbitos de ministerio, y demuestran quiénes merecen confianza en la toma de decisiones. Empero, las estructuras que aseguran una distancia con el pueblo de Dios son perversas, empujan a la ruina a los dirigentes y generan estupidez o sarcasmo entre la gente. Por tanto, generar o permitir esas distancias resulta fatal, pues e trata de la construcción de una soledad que lleva a la locura, de un aislamiento que nos roba la posibilidad de ser ayudados a tiempo.

3. La autoridad como variable única de fidelidad

Existen muchos hilos finos que nos unen unos a otros y una relación de iguales abarca el mayor número de estos hilos vinculares. Iguales por creación, por nuestra condición de pecadores, por haber sido adoptados como hijos. Iguales en la esperanza que nos sostiene, en la debilidad que nos rodea y en la misión de la iglesia. Solo nos distingue algún don o alguna función específica que cumplimos en el servicio general. Los vínculos que unen al pueblo de Dios tienen una naturaleza espiritual y eterna: son relaciones de orden fraternal y funcional que reflejan el reino de Dios solo cuando se viven en la atmósfera de la gracia de Dios.

Sin embargo, cuando de todas esas relaciones se van perdiendo las de igualdad y solo quedan las de distinción resulta una gran pérdida, pues una iglesia donde el vínculo que mide todas las cosas es el lazo de autoridad al final de cuentas, empobrece hasta la muerte.

Cuando términos como «sumisión» y «sujeción» se apoderan del lenguaje, se produce gran riesgo para la vida. Cuando es necesario reafirmar la autoridad propia aunque los demás la sientan como esclavitud humana, atadura o aferramiento, estamos en grave peligro.

En realidad, cuando la iglesia no tiene dudas de la legítima autoridad de quienes la sirven, es cuando esa autoridad funciona más plácidamente para bien de todos. ¡Qué ajena al espíritu del evangelio es esa relación entre hermanos, en la que solo se puede obedecer o desobedecer! En qué estado de debilidad quedan las relaciones entre los pastores y las congregaciones cuando solo se les obedece porque sí, porque son los pastores y basta. En cuánta soledad pasan sus pruebas esos pastores que no pueden confesarse porque temen perder autoridad, Y qué cerca de la idolatría circulan quienes creen que el único modo de mostrar su fidelidad a Dios, es sostener la autoridad de sus pastores a cualquier costo. Qué cerca de la herejía nos movemos cuando sumisión y sujeción a un individuo aparecen como condiciones para la gracia.

¡Cuánto malestar y cuánto peligro!

En el Antiguo Testamento nos encontramos con un personaje que llega a los gritos, encendiendo todas las alarmas que puede. Se llama Joel. No es un alarmista, es un profeta de Dios, y dice cosas como estas:

Toquen la trompeta en el monte Sion; den el toque de alarma en el santo monte del Señor. Tiemblen todos. ¡Ayunen, griten y lloren!Convoquen al pueblo y proclamen ayuno; reúnan al pueblo de Dios, y purifíquenlo; reúnan a los ancianos, a los niños y aun a los niños de pecho. ¡Que hasta los recién casados salgan de la habitación nupcial! Lloren los sacerdotes, los ministros del Señor… Joel 2.15–16

Los profetas no son anunciadores de desastres. Hablan de días diferentes y son los mejores para describir bellezas y compartir consuelos. Les gusta decirnos, de parte de Dios: «¡Voy a hacer grandes cosas! Alégrate mucho tierra, y no tengas miedo, porque el Señor va a hacer grandes cosas» (2.21) y, «en aquel día, el vino y la leche correrán como agua por montes y colinas, y los arroyos de Judá llevarán agua en abundancia» (3.18).

No obstante, cuando es necesario alarmar, saben hacerlo como nadie.

Nosotros los creyentes, vivimos de las promesas que Dios nos ha dado, y nos sostenemos en el camino gracias a las correcciones de rumbo que también Dios nos da. El Dios de la vida nos ofrece percepciones para ayudarnos a sostener la vida. Esos malestares que comentamos al principio, son recursos para la vida, para que vivamos y no muramos.

Aun este pequeño texto puede dejarse de lado fácilmente (otra alarma para apagar) o puede ser una invitación a creer que podemos huir de nuestras prisiones o desandar los caminos que han creado distancias que nos perjudican enormemente; puede estimularnos también a reenfocar el lugar que la autoridad debe tener entre los seguidores de Jesús. Pero si nos hallamos entre tales soledades como las mencionadas, y estamos acostumbrados a llevar semejante peso, estamos sin dudas muy lejos de ser bienaventurados. Necesitamos una liberación, un abrazo y un despojamiento de autoridad que nos volverá humanos otra vez.

Me escapo soledad, jamás me hiciste bien. Aunque sé que mis hermanos son como yo, tan humanos,
que miden mis pasos y encuentran problemas en cosas que a mí me parecen pequeñas.
No me esperes otra vez soledad independiente. Tus promesas de ser libre,
amontonaron en mí las cargas de mi propia suerte. Y le robaron destino a mi historia entre la gente.

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